En una ocasión, Francisco Cisneros, el director del Consejo Nacional para la Inclusión de las Personas con Discapacidad, me dijo: “Tú vas a un foro y la gente, cuando se enfrenta al movimiento de adultos mayores, expresan sus respetos, con los niños de la calle, fondeo, a los grupos de la diversidad sexual, simpatía, y a la discapacidad, en automático, aunque no quieras, la respuesta es lástima.” Debo decir que me pareció un juicio muy crudo, pero he comprobado que así es la realidad. En el imaginario colectivo, y no sólo en México, la palabra “discapacidad” está asociada a la caridad, la lástima, un sentimiento de solidaridad inspirado en la pena, la vergüenza. A cuántos no les ha pasado que cuando se enteran de que un amigo o un familiar está enfrentando una situación difícil por una discapacidad, se alejan, toman distancia por temor a no saber cómo reaccionar.
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