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10 de septiembre de 2007.- Para quienes gozamos del sentido de la vista y sólo padecemos astigmatismo y un poco de miopía, la experiencia de entrar en un mundo donde todo es oscuridad es, por lo menos, inquietante. A algunos les causa temor, a otros fascinación y otros más sólo curiosidad. Hay algunas ventajas en hablar de la exposición “Diálogo en la Oscuridad”, del Papalote, Museo del Niño, en la ciudad de México, ahora que ya concluyó. Se puede revelar el secreto que se guardaba en ese espacio sin luz: todos los guías eran ciegos o personas con debilidad visual. Y lo sorprendente para los normo visuales, es decir, los que vemos normal, es que no sospechábamos que lo fueran porque en todo momento identificaban a cada visitante por su nombre, incluso por estatura, detectaban con toda tranquilidad cuando alguien quería salirse de la ruta, nos cuidaban de no tropezar o caer, de no golpearnos. Era un ciego quien nos guiaba y nos enseñaba olores, texturas, sensaciones, colores y números. Lo mejor es que lo hacía con toda paciencia, sin desesperarse por nuestra torpeza ni por lo atrofiado de nuestros otros sentidos. ¿Quién se enteró por el tacto de qué color era el coche estacionado ahí adentro?, ¿qué aves trinaban en el parque, estaba muy arbolado? ¿cómo eran el río y la cascada?, ¿cómo era la fachada de la casa, la bicicleta encadenada a un poste de luz? ¿qué más había en esa calle con su banqueta y su semáforo? ¿a qué olían esos puestos del mercado o la brisa del mar? ¿qué había en el muelle donde se abordaba la lancha? ¿y la cafetería? Todos teníamos un bastón como única ayuda para caminar, pero fue suficiente. Sin darnos cuenta estábamos recorriendo escenarios tan diferentes y en un ambiente completamente accesible. Cada uno se quedó con su propia representación de los escenarios recreados en la exposición.
A mí me tocó ser guiada por Maricarmen, una mujer joven que mientras estuvo trabajando en esta exposición vivió su propia experiencia en la oscuridad. Debido a un glaucoma congénito fue perdiendo la vista poco a poco y justo mientras se ocupaba de los visitantes que se enfrentaban a la negrura de las salas, ella se quedó completamente ciega. En todo momento me identificó por mi nombre, nunca me confundió con Araceli, lo mismo sucedió con los otros dos compañeros en el tour, supo desde un principio que Iván era más alto que Alfredo. Yo, al salir a la luz, no fui capaz de identificar quién era quién. Pero Maricarmen, menuda de estatura, me reveló el misterio: “Supe cuál era el más alto porque su voz venía desde más arriba”.¡Por supuesto!
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"Resulta que nuestra guía es músico (¿o música?), toca el chelo, ¿y cómo lee las notas? Pues no las lee, las escucha con apoyo de sus compañeros, quienes le graban la lectura de las partituras". |
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Lo que más me gustó fue la cafetería, porque ahí tuvimos un delicioso diálogo en la oscuridad. Resulta que nuestra guía es músico (¿o música?), toca el chelo, ¿y cómo lee las notas? Pues no las lee, las escucha con apoyo de sus compañeros, quienes le graban la lectura de las partituras. Normalmente viaja en transporte público y se auxilia de su bastón. En sus recorridos se encuentra de todo, desde personas que amablemente se ofrecen a ayudarla, los desesperados que la tratan como estorbo y la empujan, hasta los excesivamente acomedidos que al querer ayudarla, más bien la estorban y hace que se tropiece.
Aprovechando que era su último día de trabajo en Diálogos en la Oscuridad, habló sobre la clase de fauna (eso lo digo yo) que visitó la exposición. Por supuesto que hubo de todo, los niños se divertían más, lo disfrutaban sin temores, los jóvenes, aparentemente poco impresionables, salían impactados al descubrir cuánto dependen del mundo visual. En los adultos que están comenzando a sufrir la pérdida de la vista por alguna enfermedad o por la edad, entrar a ese espacio de tinieblas causó emociones más fuertes. Algunos le comentaron a Maricarmen que perdieron el miedo a quedarse ciegos, o por lo menos salieron confiados en que no será algo tan terrible cuando llegue. En cambio otros valoraron enormemente el sentido de la vista y prometieron cuidarse para conservarlo el mayor tiempo posible.
Como se ve, hubo de todo. Pero la revelación mayor fue que aquellos visitantes que eran altos directivos en empresas o en instituciones, doctorados y magna cum laude, los más léidos y escribidos pues, como dicen en mi pueblo, fueron los más soberbios ahí adentro, no respetaban las indicaciones, se salían de la ruta, no confiaban, “les costaba trabajo dejarse guiar, les faltaba humildad”, nos confió Maricarmen. Ella se convirtió en algo más que nuestros ojos durante poco más de una hora. Fue nuestra conciencia también, por todo lo que ese espacio de oscuridad reveló sobre lo que somos como personas y como sociedad.
Quienes viven con discapacidad visual lo saben mejor: a esta sociedad le falta mucho todavía por comprender el concepto de inclusión social, el significado de reconocer a un ciego o a un sordo como individuos con todas sus otras facultades y derechos en pleno uso, sin compasión exacerbada ni menosprecio. Es decir, entender que la discapacidad física o intelectual no hace menos a nadie, sino sólo diferente.
El proyecto Diálogo en la oscuridad fue creado hace casi 20 años en Alemania por Andreas Heinecke, y ha recorrido más de 15 países y un centenar de ciudades. Estuvo en la ciudad de México por primera vez en 2004, en el Palacio de Bellas Artes. Para quienes estén interesados, actualmente se puede visitar en Monterrey, Nuevo León.
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